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Entre el quinto y el tercer milenio a.C., la península
balcánica estuvo habitada por pueblos marítimos
procedentes de Asia, aunque se han hallado vestigios de cazadores
y pastores neolíticos en Tesalia, Grecia central
y Creta. Desde el segundo milenio a.C., un pueblo guerrero de
origen indoeuropeo, los aqueos, comenzó a extender su dominio
sobre la península.
Fundadores de Micenas, Tirinto y Argos, los aqueos conquistaron
Atenas, la parte oriental del Peloponeso, invadieron Creta
y saquearon Troya. Su economía estaba basada en
la agricultura y la ganadería. En la sociedad, reyes, nobles
y guerreros, propietarios de las mejores tierras, ejercían
su dominio sobre agricultores, artesanos y pastores.
Hacia el año 1000 a.C., la civilización micénica
sucumbió ante los invasores dorios -portadores de armas
de hierro desconocidas por los aqueos- quienes se amalgamaron
con la población sometida y aportaron un idioma común
a toda la región.
La topografía predominantemente montañosa de la
península favoreció el surgimiento de ciudades-estado
llamadas polis, en las cuales gobernaba un rey asesorado
por un consejo de ancianos, pertenecientes ambos a la aristocracia
militar. Los campesinos eran obligados a pagar un tributo en especie;
si no cosechaban lo suficiente eran convertidos en siervos o vendidos
como esclavos junto con su familia.
Pese a las diferencias sociales existentes, los griegos tuvieron
una concepción original del ser humano. Considerado por
todas las civilizaciones anteriores un simple instrumento de la
voluntad de los dioses o de los reyes, el ser humano adquiere
en la filosofía griega el valor de individuo. El concepto
de ciudadano, como individuo integrante de una polis, sin que
influya la pertenencia o no a la nobleza, constituye uno de los
aportes claves de la cultura griega.
Las polis griegas se aliaron o guerrearon entre sí por
períodos. No obstante, los pueblos helénicos fueron
reconociendo una misma nacionalidad en la comunión de elementos
como los juegos olímpicos, la religión y el idioma,
entre otros aspectos.
En el siglo VIII a.C. la mayor parte de las ciudades-estado
entraron en crisis, tanto por la decadencia del poder de los monarcas
(que fueron progresivamente sustituidos por magistrados designados
entre los nobles), como por la escasez de tierras fértiles
y el crecimiento demográfico, todo lo cual provocó
grandes tensiones sociales. La crisis impulsó a los griegos
a la colonización del Mediterráneo, dio origen a
un comercio muy activo y expandió el uso del griego como
lengua comercial.
Alrededor del año 760 a.C. los griegos establecieron
colonias en el sur de Italia, en la bahía de Nápoles
y Sicilia. Frenados por los fenicios y los etruscos, los griegos
nunca pudieron dominar toda Sicilia o el sur de Italia, pero su
influencia cultural marcó profundamente la evolución
posterior de los pueblos de la península itálica.
A partir de la colonización, la estructura social y política
de las polis se transforma. Los comerciantes, enriquecidos por
la expansión marítima, se mostraron poco dispuestos
a seguir dejando el gobierno en manos de la nobleza y junto con
los campesinos presionaron para participar en la toma de decisiones.
Atenas, una de las ciudades más prósperas de la
península, comenzó entonces un proceso de transformaciones
políticas que condujo, entre los siglos VII y VI a.C. a
una progresiva democratización de sus estructuras de gobierno.
En el año 594 a.C. un reformador llamado Solón
dio un primer paso en este sentido al instituir la ley escrita,
un tribunal de justicia y una asamblea de 400 representantes elegidos
según su riqueza, encargada de legislar en los asuntos
de la ciudad.
Mientras tanto Esparta, la otra gran polis de la región
tuvo un desarrollo completamente distinto, consolidando un estado
oligárquico, con una férrea estructura social y
política. La sociedad espartana fue completamente militarizada
debido a la importancia del ejército, factor determinante
para la expansión y anexión de los territorios vecinos.
En el año 540 a.C. los persas iniciaron su avance en
Asia Menor y conquistaron algunas ciudades griegas. La rebelión
de estas ciudades, apoyadas por Atenas primero y Esparta
después, dio lugar a varias guerras, conocidas como Guerras
Médicas, que culminaron con la derrota persa hacia el 449
a.C. Estas guerras sirvieron para consolidar el poder de Atenas
en la región, que a través de la Liga de Delos,
ejerció su influencia política y económica
sobre las otras polis.
Las guerras contra los persas, en las cuales los trirremes
atenienses jugaron un papel fundamental, permitieron que los remeros
(pertenecientes a los estratos más bajos de la sociedad
ateniense), convertidos en arma indispensable para la defensa
de Atenas pudieran reclamar una mejora en sus condiciones de vida
y mayores derechos políticos. Luego de un período
en el que la oligarquía ateniense había logrado
recuperar el poder político, en el año 508 a.C.
un reformador llamado Clístenes, amplió a 500 el
número de miembros de la Asamblea de la polis y la convirtió
en el principal órgano de gobierno. La participación
en la Asamblea fue abierta a todos los ciudadanos libres de la
polis. Sin embargo, la democracia ateniense permitía la
participación efectiva de una minoría de la población
y apoyaba su prosperidad en la utilización de una enorme
cantidad de esclavos por lo que los historiadores la definen como
una democracia esclavista.
En el año 446 a.C. el arconte o gobernador ateniense
Pericles concertó con Esparta la Paz de los Treinta
Años, por la cual se reconocieron las zonas de influencia
de cada ciudad: la Liga Ateniense y la del Peloponeso.
Durante el gobierno de Pericles, en el siglo V a.C.,
Atenas se convirtió en centro comercial, político
y cultural de la región. El dominio sobre el comercio marítimo
y la consiguiente prosperidad permitieron a Pericles emprender
nuevas reformas de carácter democrático. Fue el
período de sabios como Anaxágoras, de los
dramaturgos Sófocles, Esquilo, Eurípides,
Aristófanes y de Fidias, considerado el mejor escultor
griego. En esta etapa los griegos alcanzaron un gran desarrollo
en el plano de las ciencias. Muchos de sus conocimientos en medicina
y astronomía han sido hoy ampliamente superados, sin embargo,
los aportes realizados a la geometría y la matemática
son indispensables para la mayor parte de las ciencias actuales.
En la segunda mitad del siglo V a.C. hubo continuos enfrentamientos
entre espartanos y atenienses por el control de la región.
Las luchas de este período son conocidas como Guerras
del Peloponeso. El desgaste mutuo permitió a los macedonios,
bajo el reinado de Filipo II (359-336 a.C.), conquistar
ese dominio. Alejandro Magno (336-323 a.C.), conquistó
nuevos territorios y extendió la influencia helénica
por el norte de África y de la Península Arábiga,
pasando por Mesopotamia y llegando hasta la India. Este imperio,
construido por Alejandro Magno en un plazo de once años,
contribuyó a la difusión de la cultura griega por
Oriente. Durante los años de conquista se fundaron gran
cantidad de ciudades comerciales y Alejandro Magno promovió
la fusión de la cultura griega con la de los pueblos conquistados,
dando origen a lo que se conoce como helenismo. Al morir Alejandro
Magno, el imperio macedónico se derrumbó, mientras
que sucesivas guerras y rebeliones continuaron agitando la península.
La decadencia griega provocada por las disputas internas y
su consiguiente devastación y empobrecimiento facilitaron
el avance romano. Tras varias guerras de conquista -las macedónicas
se prolongaron del año 215 al 168 a.C.- los romanos establecieron
su dominio sobre Grecia hacia el año 146 a.C.
Bajo el Imperio Romano Grecia conoció el cristianismo
(siglo III) y debió soportar varias invasiones. Formó
parte del Imperio de Oriente (395 d.C.), cuyo dominio cesó
en 1204 con la formación del Imperio Latino de Oriente
que dividió a la región en feudos.