PERSONAJES DE LA ANTIGUA GRECIA (2)





















PERICLES

Pericles (h.495-429) nos es conocido sobre todo por las alusiones de Tucídides (cuarenta años más joven y admirador suyo), que lo historió en tanto que hombre de Estado, y por la biografía de Plutarco, escrita medio milenio después para proponerlo como ejemplo de hombre inteligente, virtuoso, capaz y magnánimo.

Hijo de Jantipo, de familia antigua y de la "generación de Maratón", y de la Alcmeónida Agariste. Jantipo, político activo cuando ya regían las normas clisténicas y de tendencias democráticas, fue ostracizado (484) y amnistiado durante la guerra contra Jerjes, en la que mandó las fuerzas que triunfaron en Mícale (479), deshaciendo la flota persa mientras estaba varada. Murió al poco.

Su hijo heredó sus inclinaciones y un patrimonio saneado, aunque no ingente, con propiedades en Colargo, al N. de Atenas. Como Alcmeónida, gozó del carisma y el estigma que su familia materna tenía desde los tiempos de la muerte sacrílega de Cilón. (Heródoto cuenta que, antes de dar a luz, su madre soñó que alumbraba un león...) Se sabe que, de joven, aprendió del musicólogo Damón, probablemente alguien con buena base matemática y filosófica; en su madurez, floreciente la sofística en Atenas, fue asiduo de Zenón y Anaxágoras, del que aprendió a afrontar el infortunio y a despreciar las supersticiones populares.

En el 472 asumió la liturgia corégica de la trilogía Los Persas de Esquilo. Debió de ser seguidor de Efialtes, pero no hay datos sobre su vida hasta el 463, en que fue oponente sin éxito de Cimón, hijo de Milcíades, cabeza del tradicionalismo y hombre del momento por su talento político-militar.

La acusación de Pericles se refería al escaso interés de Cimón por ganar tierras en Macedonia, lo que implica, quizá, una opción expansionista. Se supone que, en los años inmediatos, apoyó a Efialtes para aumentar el poder de la Asamblea, el Consejo y la Heliea, en el pago a los jurados (cuya fecha exacta no se conoce) y en la política de distanciamiento de Esparta (al contrario que Cimón). Asesinado Efialtes (461) no fue aún Pericles su sucesor. Durante tres lustros, por el estado de guerra casi permanente con otros griegos desde el 459 (Egina, Esparta, Beocia, Trecén, Acaya), los éxitos militares fueron de gran relevancia política y de Pericles sólo consta su participación en una expedición de la flota contra los aqueos (454), que venció en aguas del Golfo de Corinto, pero que no alcanzó todos sus objetivos.

Parece que intentó un acercamiento a Cimón, ostracizado y amnistiado (452?) ante la nueva guerra contra Persia, que parecía a muchos objetivo mejor que luchar contra griegos, pero tampoco hay constancia cierta de fechas y detalles.

En el 451-450 hizo aprobar una ley que excluía de la ciudadanía a quienes no fuesen atenienses por parte de padre y madre. Cimón no era de madre ateniense; pero se ignora si la ley era retroactiva. Los matrimonios mixtos eran frecuentes en la clase alta, menos prejuiciada por el concepto de ciudadanía que por el de la alcurnia, por lo que la norma pudo dirigirse a satisfacer a las clases bajas, temerosas de la competencia de los metecos.

Es difícil establecerlo con seguridad. La posteridad elogió el valor que con ello había dado incluso a las atenienses más pobres esta especie de dote jurídica, que las hacía más estimables que cualquier extranjera si el marido deseaba tener hijos atenienses. O el beneficio mayoritario que suponía restringir las subvenciones y emolumentos que, en grado creciente, el Estado pagaba a los ciudadanos por el ejercicio de funciones públicas exclusivamente reservadas a los atenienses.

Pero no hay indicio ninguno para pensar en una política xenófoba o antimeteca, pues eran muchos los inmigrantes que servían en la flota, trabajaban en las obras públicas y comerciaban activamente, solamente excluidos de la vida política y de la propiedad de bienes raíces (tierra y edificios). Muerto Cimón (después del 451, en su última campaña contra Persia, en aguas de Chipre), Atenas pactó una tregua con el Gran Rey, en términos satisfactorios.

Ello permitió dedicar esfuerzos notables a la restauración de la ciudad, muy dañada por Jerjes en el 480, y a la exhibición de su grandeza. Casi al mismo tiempo se firmó una Tregua de Cinco Años con los beligerantes griegos: ése fue el primer gran momento de Pericles. Atenas controlaba por completo, incluso con conocidos excesos (como los castigos a Naxos, 470, y a Tasos, 465), la Liga de Delos creada en 478-477 y había transferido el tesoro aliado a la Acrópolis (454), bajo control directo de los atenienses.

La paz con Persia, en principio, debía suponer la suspensión del tributo federal. Pericles reunió a los aliados y a otros Estados griegos para promover contribuciones que reconstruyesen los templos dañados por los persas, ofrecerles sacrificios de gratitud y mantener la libertad de navegación mediante la presencia disuasoria de la flota federal (ateniense en aplastante mayoría).

Esparta declinó colaborar, pero no la mayoría de los restantes convocados. La restauración más brillante fue, naturalmente, la de la Acrópolis incendiada por el Gran Rey, empezando por el Partenón, iniciado en el 447 (con las famosas imagen y frisos de Fidias), el templo de la Victoria y los Propíleos (que no eran ningún templo), iniciados en el 437, en un conjunto de tamaño y riqueza insólitos en Grecia.

Un pariente de Cimón, Tucídides hijo de Melesias (no el historiador) se opuso a lo que llamó abusos extravagantes, pero Pericles defendió el derecho de Atenas a usar como prefiriese el dinero que la Liga pagaba para estar defendida si Atenas, en efecto, era capaz de defenderla: Tucídides fue ostracizado en el 443 y Pericles no encontró ya oposición relevante. El prodigioso programa urbano recibió el realce de unas cada vez más brillantes Fiestas Panateneas y, en un aspecto simbólico igualmente influyente en el prestigio de Atenas, fueron realzados los antiguos misterios de Eleusis, dedicados a Demeter y que, políticamente, significaba que el secreto de la vida vegetal y cereal era una revelación particular de la divinidad a los atenienses. (Las Panateneas, como las Dionisias de primavera (mes elafebolio), se celebraban anualmente -en julio-agosto, mes hecatombeo-.

Pero, cada cuatro años, en el tercero de cada olimpiada, se convertían en un gran festival religioso panhelénico, las Grandes Panateneas, que llenaban la ciudad de helenos de todo el ecúmene griego y que culminaban en el 28 día con la entrega por las eragstinas del gran peplo a la virgen Atenea en su templo nuevo, tras una larga y rica procesión).

Para controlar de cerca eventuales descontentos de los aliados, creó una red de asentamientos coloniales que implantaron a grupos de atenienses (clerucos: consignatarios de lotes) en tierra extranjera y descongestionaron el Ática de su falta de suelo útil para su creciente demografía. También se conquistaron tierras bárbaras para ese fin, como las del Quersoneso tracio (la actual Gallípolis), en una expedición que supuso un éxito extraordinario para Pericles. Beocia, sobre cuyo conjunto Atenas ejercía un fuerte control desde el bienio 458-456, en el que había, incluso, superado el apoyo espartano a los beocios, planteó un serio problema. Un pequeño contingente ateniense fue vencido en Coronea (447-446) y los beocios se alzaron, lo cual estimuló a las ciudades de Eubea y a Mégara, deseosas igualmente de emancipación.

Que Mégara, por su especial situación, era una polis estratégica lo demuestra que Esparta, que desde hacía doce años no intervenía en la Grecia central, enviase un ejército a la frontera ática, de cuya presencia se derivó una especie de pacto de status quo a cambio de que Atenas limitase su expansión a los caminos de la mar, al modo en que se había hecho en el Quersoneso tracio: no mucho después (443), en efecto, Pericles fundaría Turios en Italia, en las cercanías de la ciudad de Síbaris, antaño arrasada por su rival, Crotona; y en fecha inconcretable, envió una gran flota para mantener el control de las rutas del grano desde el Quersoneso de la Táuride (Crimea, Ucrania) y aseguró el control sobre Bizancio (440) y el uso de la moneda ateniense como obligatoria en la Liga. Con la situación despejada en el S., aun a costa de la autonomía megarense, Pericles se concentró en Eubea, redujo a los rebeldes y suscribió una Paz de Treinta Años con los lacedemonios.

Éstos sabían que podían, en la nueva situación, llegar hasta el Ática misma sin problemas especiales. El temor de Pericles ante tal eventualidad, no obstante el tratado de paz, le llevó a construir la tercera gran muralla ateniense que, en bastante medida, podía hacer que el conjunto de Atenas y sus puertos funcionase casi insularmente.

Pericles fue reelegido año tras año como estratego, por su experiencia, capacidad y honradez personal, muy manifiesta: pospuso sus intereses personales, en todo momento, a los de Atenas. Su autoridad y prestigio eran tales que, según Tucídides, Atenas era una democracia pero estaba dirigida por su primer ciudadano. La Asamblea, siempre recelosa de los magistrados, confió grandemente en Pericles.

Casó, ya cerca de los treinta años, con una mujer rica y de alcurnia, de la que apenas se sabe nada, que le dio dos hijos varones que murieron antes que él; pero se separaron cordialmente a los diez años y ella volvió a casar. Cerca ya de sus cincuenta, se enamoró de una bella y excepcional mujer, Aspasia, oriunda de Mileto, culta y liberal hasta extremos que escandalizaban en Atenas. Le dio a su hijo Pericles que, en principio, no podía ser considerado ciudadano, aunque sí obtuvo la ciudadanía. Plutarco señala que su relación era de tal afecto que él la besaba siempre al entrar y salir de casa; y que a su influencia se debió la lucha de Atenas contra Samos, por un conflicto que esta ciudad mantuvo largamente con Mileto.

La campaña contra Samos, poderosa y con una buena flota, fue difícil y conoció vaivenes, pero acabó en una victoria que se convirtió en paradigma para el futuro y, además, con evitación de la intervención espartana, polis con la que se renovó el tratado de paz, amenazada, entre otras cosas, por la inquietud permanente de Corinto, doria y aliada de Esparta y, evidentemente, perjudicada por la pujanza de Atenas y sus tendencias imperiales y monopolísticas sobre el Egeo y las rutas al Mar Negro. La inquietud creció tanto que Pericles promovió una especie de economía pública prebélica, promoviendo el ahorro estatal, y sin abandonar el esfuerzo diplomático y el mantenimiento de la legalidad formal, dentro de la cual pudo lograr una especie de bloqueo comercial a Mégara, no tanto por su importancia objetiva sino por el valor representativo del caso, pues se trataba de castigar legal y permanentemente a quien había abandonado el área de la "arjé" ateniense y de la Liga.

Este clima de paz tensa y de conflictos en ciernes se trocó en guerra en la primavera del año 431. Un lejano problema, en el Mar Jonio, enfrentó, a causa de la pequeña ciudad de Epidamno (la actual Durres albanesa) a la potente Corcira con su metrópoli, Corinto. En el enfrentamiento armado, Corcira, apoyada por Atenas, venció a Corinto (434). El encadenamiento de sucesos, complejo, acabó por poner de manifiesto, como expuso perspicazmente Tucídides, que las fuerzas realmente enfrentadas eran Esparta, hegemón de la Liga del Peloponeso, y Atenas, cabeza de la Liga matriz de su imperio marítimo: los demás conflictos eran secundarios y manejados, más o menos directamente y a distancia, por las dos grandes poleis. Corinto y Mégara, vecinas del Ática, dueñas del istmo y dorias, fueron respaldadas por Esparta y la lejana y estratégica Potidea quiso emanciparse.

El ejército espartano invadió el Ática y Tebas atacó a la pequeña Platea, apoyo permanente de Atenas en Beocia. Pericles mandó evacuar el Ática, concentrar a sus pobladores en el área amurallada de Atenas, evitar el combate por tierra y atacar por mar las tierras enemigas sin interrumpir las líneas de suministro al Pireo desde todo el imperio marítimo. Probablemente estudiaba cómo recuperar Mégara, pero lo ignoramos. El plan tenía su punto débil en el abandono del territorio patrio, psicológicamente difícil de sobrellevar, y en la superpoblación de la ciudad. En el segundo verano de la guerra, se desató la peste. Pericles, que pronunció entonces su inigualable discurso por los caídos en combate, recogido por Tucídides (II 35-46; toda persona culta debiera conocerlo), hubo de dimitir, aunque fue reelegido. Pero murió al poco, víctima de la enfermedad, en el otoño del 429.





SÓCRATES

 «Doy gracias a Dios -escribió Platón- por haber nacido griego y no bárbaro, hombre y no esclavo. Pero sobre todo le agradezco haber nacido en el siglo de Sócrates
    Sócrates es ante todo uno de los rarísimos casos de modestia premiada. Premiada no por los contemporáneos, que, al contrario, le condenaron a, muerte, sino por la posteridad, que ha reconocido la inmortalidad de las obras que él no escribió porque fueron sus discípulos los que se tomaron ese trabajo. Los había, en torno suyo, de todas las edades, condiciones e ideas: desde el aristocrático y turbulento Alcibíades hasta el noble y compuesto Platón; desde Critias el reaccionario hasta Antístenes el socialista, y por fin hasta Aristipo el anarquista. Cada uno de ellos vio y describió el maestro a su manera. Y Diógenes Laercio cuenta que, cuando leyó la semblanza que de él había escrito Platón, Sócrates exclamó «Caramba, cuántas mentiras ha contado de mí ese jovenzuelo!»

    Es creíble, en primer lugar porque nadie -ni el mismo Sócrates, que, sin embargo, fue el hombre que con más encarnizamiento lo intentó- logra verse a sí mismo, o por lo menos verse como los demás le ven; y, luego, porque cada retratista atribuye a su personaje no sólo lo que ha dicho y ha hecho, sino también todo lo que hubiese podido decir y hacer, en coherencia consigo mismo. Breno no pronunció seguramente la frase: vae victis! entre otras razones porque no sabía latín. Mas aquella frase, en su boca, queda bien y le caracteriza. Las buenas biografías están construidas todas con anécdotas falsas en su mayor parte. Lo importante es que de tales frases se deduzca un carácter verdadero.


    Sócrates es el maestro del pensamiento de todos los tiempos, cualquier otro filosofo de cualquier época es solo una nota al pie de pagina comparado con el. Platón tomaba nota de cada palabra que decía el maestro, puesto que Sócrates nunca escribió nada, de otra manera nos hubiera sido imposible hoy en día saber sobre esa mente tan privilegiada que poseía. Sócrates pensaba que toda persona tiene conocimiento pleno de la verdad ultima contenida dentro del alma y sólo necesita ser estimulada por reflejos conscientes para darse cuenta de ella.


    S ócrates, que miraba mucho dentro de sí, pero hablaba poco de ello, se definió como un «tábano». Y lo fue, en un sentido nobilísimo, pues con su manía de escrutar en el fondo de las almas y de las cosas no dio paz a nadie, como se dice hoy. Su progenitor había sido un modesto escultor, acaso poco más que un picapedrero, por bien que después se le han atribuido, no sabemos con qué fundamento, las tres Gracias que se elevan junto a la entrada del Partenón. Aun cuando el hijo continuase a ratos perdidos el oficio, volviendo de vez en cuando a modelar el mármol o la piedra, sentíase más próximo a la madre, que había sido comadrona. «Pues -decía medio en broma, medio en serio- también yo ayudo a parir a los demás: no hijos, sino ideas

    Esta era de hecho su verdadera vocación y fue su única actividad durante toda su vida. Nos es fácil suponer que sus progenitores no estuvieron entusiasmados con ello. Debieron confundir la repugnancia de aquel chico para con la escuela y el trabajo y su inagotable pasión de dar vueltas por la plaza y las calles escuchando lo que la gente decía, interrogándola, aguijoneándola; con una forma de holgazanería que no prometía nada bueno. Y, ciertamente. no era éste el mejor medio de labrarse una posición.

    P ero el hecho es que Sócrates no se inclinaba por una posición. No era rico. pero tampoco pobre del todo, pues a la muerte del padre heredó de éste la casa y setenta minas, siete talentos, que confió a su: amigo Critón para que las invirtiese. Contaba vivir de la renta porque tenía escasas necesidades. Aristóseno de Tarento cuenta haber oído decir a su padre, que le conoció personalmente, que Sócrates era un ignorante borrachín cargado de deudas y dado a los vicios. Efectivamente, la sola educación que había cuidado había sido la militar y deportiva. Llamado a las armas cuando la guerra del Peloponeso, se había mostrado buen soldado, resistente, disciplinado y valeroso. En la batalla de Potidea, fue él quien salvó la vida á Alcibíades, mas no lo dijo para no comprometer la medalla al valor que había sido concedida a su joven amigo. Y en Delio, contra los espartanos, que además eran soldados no fáciles de dominar, fue el último de los atenienses que cedió terreno. Y hasta el busto que le representa, y que se halla en el museo de las Termas en Roma. nos sugiere la misma impresión.

    N o era ciertamente un tipo lindo, al menos en el sentido griego de la palabra. La gruesa y larga nariz, los labios carnosos, la frente pesada, la mandíbula maciza nos hacen pensar en ascendencias campesinas. Alcibíades, el descarado, le decía riendo: «No puedes negar, Sócrates, que tu facha semeja la de un sátiro.» «Llevas razón, y además tengo también la panza. Tendré que ponerme a danzar para reducir sus proporciones

    Es muy posible que el padre de Aristóseno hubiese inducido la gandulería de Sócrates de su aspecto chabacano y del desaliño de su persona. Iba siempre vestido, en invierno como en verano, con el mismo quitón manchado y remendado. Empinaba el codo a menudo y gustosamente. Y Jantipa, su mujer, decía que no se lavaba.

    E sta Jantipa ha pasado luego a la posteridad como la personificación de la esposa quejosa y murmuradora, exigente y asfixiante. Y es natural que así sea, pues la biografía, es más, las biografías de Sócrates las escribieron sus amigos y discípulos que la detestaban, y a quienes ella detestaba porque se le llevaban al marido. Efectivamente, Sócrates no se preocupaba mucho de la familia. No entregaba un peso porque no lo ganaba, y estaba ausente de casa días y noches. La pobre mujer llegó a tal extremo de exasperación, que presentó una denuncia contra él por negligencia en sus deberes y le arrastró ante el tribunal. Sócrates, en vez de defenderse a sí mismo, la defendió a ella. Y no sólo delante de los jueces, sino también delante de sus indignados discípulos. Dijo que, como esposa, tenía perfecta razón, y que era una buena mujer, que hubiera merecido un marido mejor que él. Pero, una vez absuelto, reanudó sus hábitos extradomésticos y no siempre inocentes del todo. Pues no se limitaba a frecuentar el salón intelectual de Aspasia, sino también la casa de Teodata, que era la más célebre prostituta de Atenas. Todos le apreciaban porque siempre estaba de buen humor, no se ofendía por nada, y decía las cosas más abstrusas con las palabras más sencillas. Tenderos y comerciantes le saludaban familiarmente cuando pasaba por la calle, seguido por el cortejo de sus discípulos. Se paraba ante los escaparates y decía, maravillado: «¡Fíjate cuántas cosas necesita hoy día la Humanidad!» Hasta en las casas más empingorotadas donde le invitaban a comer, estaban habituados a sus pies descalzos, pues entre las cosas que él no necesitaba figuraban también los zapatos.

    No se sabe qué escuelas había frecuentado: tal vez ninguna. Y si se llegase a descubrir que ni siquiera aprendió a leer, uno no debiera asombrarse. Puesto que, siendo de naturaleza sedentaria, no había siquiera viajado, y su cultura debió de ser exclusivamente el fruto de meditaciones y de conversaciones con los intelectuales de su tiempo. Platón ha descrito sus encuentros con Hipias, con Parménides, con Protágoras y con muchos otros filósofos de aquella época. Probablemente no tuvieron jamás lugar. Parece ser que, personalmente. Sócrates solamente conoció a Zenón, en cuya dialéctica se apoyó algo. En cuanto a Anaxágoras, que con seguridad le influyó, tuvo contactos indirectos con él a través de Arquelao de Mileto, que fue discípulo de Anaxágoras y maestro de Sócrates.

    P or lo demás, el método que Sócrates siguió excluye la consulta de libros. El se había propuesto dos problemas fundamentales que ninguna biblioteca ayuda a resolver: ¿Qué es el bien? ¿Y cuál es el régimen político más adecuado para alcanzarlo? La fascinación de su enseñanza consistía en esto: que, en vez de subir a la cátedra para comunicar a los demás sus ideas, declaraba no tenerlas y rogaba a todos que le ayudasen a buscarlas. «Yo -decía- me considero el más sabio de los hombres porque sé que no sé nada.» Y de esta premisa, que era a la par modesta e inmodesta, partía todos los días a la conquista de alguna verdad, haciendo preguntas en vez de dar respuestas. Escuchaba pacientemente las de sus alumnos y luego comenzaba a poner objeciones: «Tú, Critón, que hablas de virtud, ¿qué entiendes por esta palabra?». Sócrates no se cansaba nunca de exigir conceptos precisos, formulaciones claras. «¿Qué es esto?», era su pregunta preferida, se hablase de lo que fuere. Y cada definición la pasaba por la criba de su ironía para mostrar su falacia o que no era adecuada. Era propiamente un incorregible «tábano». Nacido para sacudir todas las certidumbres de sus auditores que a menudo montaban en cólera y se le rebelaban. «¡Por los dioses! -gritaba Hipias-. Es muy fácil ironizar sobre las respuestas ajenas sin dar las propias. ¡Yo me niego a decirte lo que entiendo por justicia, si no me dices antes qué entiendes tú!» Aristófanes, más tarde, satirizó en una comedia, "Las nubes", lo que él llamaba «la tienda del pensamiento», donde, según el, se aprendía tan solo el arte de la paradoja, presentando a un discípulo de Sócrates que pega a su padre y después sostiene la legitimidad de su acto diciendo que lo ha realizado para pagar la deuda contraída cuando su padre le había pegado a él. «Deudas son deudas. Hay que devolver todo lo que se ha recibido

    P latón cuenta que Sócrates resolvió, un día, invertir los papeles y ser él quien respondiera, en vez de interrogar. Mas luego desistió, diciendo: «Tenéis razón al acusarme de suscitar dudas en vez de ofrecer certezas. Pero, ¿qué queréis que haga? Soy hijo de una comadrona: habituado a hacer parir, no a procrear.». Sobre su muerte se comenta que, en parte, el responsable fue Aristófanes por aquella comedia satírica suya. Pareciera difícil porque la condena fue dictada veinticuatro años después de la primera representación de esta comedia en publico. Sin embargo, los motivos aducidos en el veredicto fueron los que habían inspirado la comedia a Aristófanes. Sócrates, para inventar la Filosofía, de la cual ha sido el verdadero padre, tuvo necesidad de afirmar el derecho a la duda, o sea de sacudir toda clase de fe. No creemos en absoluto que hubiese tenido como finalidad únicamente o, sobre todo, la democracia. Se cree que también sometió la democracia a la crítica que le era habitual. De su «tienda» salió de todo: un idealista como Platón, un lógico como Aristóteles, un escéptico como Euclides, un epicúreo anticipado como Arístipo, un aventurero de la política como Alcibíades, y hasta un general y  profesor de historia como Jenofonte. Es natural que en un laboratorio tan vasto se hubieran producido venenos contra el régimen democrático que hizo posible su creación y su funcionamiento.

    Sócrates, reconociendo en trance de morir que la democracia tenía razón al darle muerte, pronunció un acto de fe democrático, en Atenas en el 399 a.C.





FILIPO DE MACEDONIA

Cuando falleció Amistas III se produjo un duro enfrentamiento entre diversos pretendientes, imponiéndose Filipo, hermano del rey muerto. El joven monarca había pasado algunos años en Tebas ya que cuando contaba 9 años fue llevado como rehén a la ciudad por Epaminondas.

En casa de este estadista tebano fue educado y posiblemente allí concibió la idea de hacer de su patria una potencia. Una vez en el poder, Filipo inició una serie de reformas en el ejército -haciendo obligatorio el servicio militar- que le permitieron vencer a ilirios, tesalios, peonios y tracios, ampliando la extensión de Macedonia.

Con esta actitud provocó la enemistad de Atenas que caracterizará su reinado. Su primera intervención en la política griega será con motivo de la Tercera Guerra Sagrada (354 a.C.) luchando contra los focios e invadiendo la Calcidia, aunque fue detenido por los atenienses en las Termópilas. El conflicto acabó con la firma de una paz con Atenas y el nombramiento de Filipo como arconte perpetuo en Tesalia.

La firma de un tratado con el rey persa permitió a Filipo extender su territorio al Epiro -se casó con Olimpia, hija de Neoptolemo y madre de Alejandro y Tracia pero provocó el enfrentamiento con Atenas y Esparta, unificadas contra el enemigo común.

Tras tres años de dura lucha Filipo venció a los aliados en la Batalla de Queronea (338 a.C.) convirtiéndose en el dueño absoluto de toda Grecia. Al año siguiente reunió a las ciudades griegas en una asamblea general en Corinto con el fin de fundar la Liga Panhelénica bajo soberanía macedonia.

Con el apoyo de la Liga, Parmenión partió hacia Asia con el objetivo de provocar un levantamiento de las ciudades griegas contra los persas y poner en marcha el plan más importante de Filipo: acabar con el Imperio Persa. Mientras Parmenión se dirigía a Asia, Filipo repudió a su esposa y se casó con Cleopatra, la sobrina de uno de sus generales, naciendo un hijo de ese enlace. Alejandro y su madre se exiliaron y al año siguiente regresaron a Pella. Durante la boda de una de sus hijas, Filipo fue asesinado por un noble llamado Pausanias.





CONTINUAR



REGRESAR A PÁGINA PRINCIPAL