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LAS INSTITUCIONES REPUBLICANAS.
Los romanos gustaban de atribuir una parte del éxito internacional a la bondad
de su forma de gobierno.
Como, efectivamente, una de sus más notables creaciones fue
el sistema político, merece la pena explicar cuáles fueron sus bases.
Aunque la tradición achaca al advenimiento de la República
la gran transformación del régimen político, el cambio debió de ser
menos repentino y en absoluto total.
CAMBIOS RESPECTO A LA MONARQUÍA.
En la práctica, lo único que desapareció fue la figura del rey.
Para detentar su poder -lo que los romanos
llamaban imperium-, aparecieron dos magistrados, los cónsules, que se
elegían anualmente y que tenían poder de veto mutuo.
No cambió el Senado, formado por miembros vitalicios y
que, en la época anterior, se encargaban de aconsejar a los reyes.
El tercer gran elemento constitucional, la Asamblea centuriada,
surgida de la milicia romana y donde los ciudadanos ricos tenían voz
y voto en los asuntos de estado, pudo haber existido ya en época real.
En definitiva, la República sólo reforzó y acrecentó el carácter aristocrático
del régimen, que era el reflejo de una organización social muy peculiar.
En la base del sistema estaban las gentes, que eran grupos
formados por el recuerdo de un antepasado común y de lazos de sangre.
Las gentes eran más antiguas que la misma ciudad y cada
uno de ellas tenía sus propios ritos religiosos y jurisdicción sobre sus
miembros, que incluían a los descendientes del ancestro mítico y a sus
clientes y dependientes.
Al organizar la ciudad, los etruscos impusieron nuevas
instituciones sobre el sustrato gentilicio, pero el liderazgo natural
siguió recayendo en los cabezas de cada gens, que formaron el Senado y
acapararon los cargos públicos y religiosos.
PATRICIOS Y PLEBEYOS.
Posiblemente en este ambiente se produjo una división social cuyas
consecuencias marcaron los primeros siglos de la República; se trata,
claro está, de los patricios y plebeyos, una distinción cuyo origen no
está nada claro.
Para algunos, todo surge del propio sistema gentilicio:
los patricios coincidían con los grandes propietarios y nobles privilegiados
durante la etapa real y, por ello, siguieron monopolizando el control político
de la República, mientras que el resto de la población, privada de plenos
derechos legales y políticos por distintos motivos, formaría el grupo plebeyo.
Para otros, en cambio, la distinción era étnica: los habitantes
de Roma que, lógicamente, disfrutaban de plenos derechos eran los patricios,
mientras que entre los plebeyos se incluía la masa de forasteros que
estableció en la ciudad para aprovecharse de su prosperidad y a los que
la costumbre perpetuó en una situación de inferioridad legal y política.
Fuera cual fuese la causa de la división, lo cierto es que la República la
amplió y la hizo más evidente y los escritores romanos presentan su historia
más antigua como una serie de conflictos entre los ricos y la masa popular.
Ésta reclamaba el acceso a las tierras confiscadas en las guerras,
la condonación de las deudas opresivas y la equiparación social, legal y política,
que se consiguió finalmente en el 287 a.C.
En el proceso hubo ocasiones memorables, como los varios
intentos secesionistas plebeyos, que se negaron a cumplir sus obligaciones
y deberes hasta que se atendiese a sus demandas.
LOGROS OBTENIDOS POR LOS PLEBEYOS.
-En el 494 a.C., los plebeyos obtuvieron el derecho de elegir a sus propios
tribunos, encargados de defenderlos frente a las injustas pretensiones de
los magistrados patricios.
-La equiparación legal avanzó con la publicación, a mediados del siglo V,
de una compilación legal -la Ley de las XII Tablas-, que evitaba los peligros
de la justicia administrada por los patricios según normas consuetudinarias.
-A finales del mismo siglo, los tribunos obtuvieron el derecho de consultar
al pueblo, que se reunía y votaba según su tribu o lugar de residencia, y
no según su riqueza, como sucedía en la Asamblea centuriada.
-Un avance considerable fue la provocatio o el derecho a recurrir ante el pueblo
cualquier decisión de un magistrado, lo que equivalía al reconocimiento de
la soberanía popular última y que, consecuentemente, las decisiones de la
Asamblea del pueblo eran ley (plebiscito).
-Las últimas conquistas fueron una serie de leyes que abolieron para los
plebeyos todos los impedimentos para el acceso a las magistraturas.
ORGANIZACIÓN POLÍTICA.
A partir de este momento, la constitución romana quedó fijada
en sus elementos esenciales.
Había tres órganos principales:
-En la base, coexistían las Asambleas del pueblo, al que se le reunía por
centurias para elegir cónsules y decidía sobre cuestiones de guerra y paz;
y por tribus, para elegir a los tribunos plebeyos.
-En estas asambleas se elegían anualmente colegios de magistrados a los que,
desde fines del siglo IV a.C., los plebeyos habían conseguido acceder.
Dependiendo del cargo que desempeñaran, se clasifican en:
a) Los cónsules, máximas autoridades civiles y militares.
b) Los censores, que establecían el censo de ciudadanos.
c) Los praetores (pretores), que administraban justicia.
d) Los quaestores (cuestores), que supervisaban las cuentas.
e) Los aediles (ediles), encargados de los asuntos municipales.
f) El Senado, constituido por miembros vitalicios
elegidos entre los ex-magistrados.
LA CONQUISTA DEL MEDITERRÁNEO.
A comienzos de siglo III a.C., Roma era la potencia indiscutible de
la península Itálica:
Ninguna otra ciudad o pueblo amenazaba su hegemonía y
pocas se atreverían a hacerlo.
Llegó, pues, un momento en que Roma estaba madura para comenzar
su expansión ultramarina, o al menos eso creía Polibio a mediados del siglo II a.C.,
cuando eran ya evidentes los frutos de las conquistas.
Siglo y medio después, Livio y Virgilio -los poetas y escritores
de la época de Augusto-, pensaban que Roma había llegado a la cúspide del
poder mundial por su defensa del débil y por humillar a enemigos soberbios y tiránicos.
La explicación a posteriori es peligrosa y la verdad es que, por el contrario,
no hay indicios de que Roma buscase deliberadamente el dominio del resto
del Mediterráneo o que tuviese un plan de conquistas; de otro modo, sería
inexplicable su carencia de una marina digna de ese nombre y la nula necesidad
que sintieron de ella durante años.
En definitiva, los primeros pasos de Roma fuera de Italia parecen
más fruto de la casualidad y de las circunstancias que de un esfuerzo voluntario
y consciente.
Esto no equivale a ignorancia de lo que sucedía más allá de Italia
o a que los poderes de ambas orillas del Mediterráneo no supieran de Roma;
a fines del siglo III a.C., hay ya una serie de tratados de amistad y cooperación
con los cartagineses, la mayor potencia comercial del Occidente, y otros con los
principales estados helenísticos, como el firmado con la lejana isla de Rodas de
fines del siglo IV a.C..
GUERRAS PÍRRICAS.
Tras la última guerra samnita (298-290 a.C.), los romanos entraron en conflicto
con Pirro , un notable monarca del Épiro que buscaba en el sur de Italia el aumento
del área de influencia de su reino.
Las llamadas guerras pírricas (280-275 a.C.) no fueron resolutorias,
pues Pirro derrotó fácilmente a los romanos pero fue incapaz de conservar las
conquistas frente la tenacidad de sus enemigos.
Cuando Pirro evacuó Italia, Roma reforzó su propia conciencia de
poder y sacó consecuencias de lo sucedido: reformó la legión, haciéndola más móvil
y flexible en sus formaciones, y extendió sus alianzas a las importante ciudades
portuarias de Tarento y Rhegium, que eran las puertas comerciales y culturales
de Grecia en Italia.
Un acontecimiento imprevisto, sin embargo, fue la causa de la
primera intervención militar fuera de Italia.
ROMA Y CARTAGO.
Sicilia -más un continente que una isla desde la perspectiva antigua-, llevaba
siglos siendo causa de discordia entre griegos y púnicos y, en el 260 a.C.,
Cartago y Siracusa se disputaban el control de Mesina, estratégicamente situada
en el estrecho que separa la isla del continente.
Tras muchas dudas y discusiones, Roma decidió acudir a la petición
de auxilio de los de Mesina; nada sugiere que detrás de la decisión romana hubiera
un plan de conquista de Sicilia y es posible, incluso, que no se hubiera previsto
siquiera la posibilidad de un conflicto con Cartago y quizá pensaron que su firme
posición sería suficiente para resolver la disputa.
Pero los cartagineses no toleraron la intrusión y así dio comienzo
un ciclo de guerras brutales que, cualesquiera que hubieran sido las intenciones
iniciales de Roma, nadie podía prever que requiriesen tal derroche de tiempo y energías.
La Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.).
Durante casi un cuarto de siglo, romanos y cartagineses pelearon por tierra y
mar en lo que se conoce como Primera Guerra Púnica .
A diferencia de lo sucedido en la guerra contra Pirro,
ni el sistema de alianzas ni la superioridad numérica de los romanos eran
suficientes para ganar y el factor decisivo fue la tenacidad.
En el 261 a.C., Roma finalmente dispuso de una flota que construyó,
según se dice, reproduciendo una nave cartaginesa capturada; el aprendizaje naval
se prolongó durante años por causa de las tormentas y los naufragios.
Sin embargo, los esfuerzos romanos no cejaron: los ricos
adelantaron dinero para reconstruir varias veces la flota y los líderes romanos,
haciendo uso de una autoconfianza que podía parecer osada, no veían más solución
del conflicto que la rendición incondicional de los cartagineses.
Con este planteamiento, cualquier fallo de éstos era fatal y
cometieron varios; por eso, cuando los romanos consiguieron finalmente el control
del mar, la derrota de Cartago fue total.
La ferocidad, duración y costes humanos y económicos de la Primera Guerra Púnica
justifican las durísimas condiciones impuestas a los vencidos:
los cartagineses fueron obligados a pagar una fuerte indemnización
y a evacuar Sicilia.
Esta medida, sin embargo, no fue dictada tanto por un deseo
de anexionar nuevos territorios cuanto para desterrar para siempre la influencia
púnica de la isla.
Los romanos tardaron casi veinte años en designar un gobernador
para Sicilia y mientras, careciendo de una plan de explotación, llegaron a acuerdos
de alianza con las principales ciudades sicilianas (Siracusa, Mesina o Agrigento),
se respetó la autonomía de unas pocas y se siguió cobrando al resto lo que antes
pagaban de impuesto a los cartagineses.
Similares motivaciones -sólo que esta vez justificadas con gran
cinismo-, condujeron a la ocupación de Córcega en el 237 a.C..
Unos años después -y por razones totalmente distintas-, las legiones romanas
desembarcaron en dos ocasiones en el Ilírico para acabar con los piratas
(229 y 219 a.C.).
De nuevo, la campaña no pretendía ganancias territoriales sino
acabar con una práctica que era dañina no tanto para los intereses de Roma,
como de sus aliadas las ciudades griegas del Sur de Italia, que medraban
con el comercio con Grecia continental.
La intervención al otro lado del Adriático tuvo, sin embargo, consecuencias
que ningún contemporáneo podía prever entonces, ya que las grandes potencias
del momento, las monarquías helenísticas de Oriente, tomaron cuenta de la
existencia de Roma y multiplicaron sus contactos con ella mediante acuerdos
informales de “amistad”.
Estos tratos diplomáticos contenían la semilla de la futura
expansión hacia el Levante y, en definitiva, fueron la causa de que Roma
se convirtiera en la única potencia mediterránea.
La Segunda Guerra Púnica (218-202 a.C).
Mientras tanto, la humillación infligida a Cartago creaba malas expectativas.
Al cerrársele las puertas en Sicilia y Cerdeña, los púnicos
buscaron nuevas tierras en Iberia, lo que resultaba indiferente a los romanos.
Hacia el 220 a.C., el poderío cartaginés en el sur de la
Península estaba bien asentado y al frente de él se encontraba Aníbal,
un joven brillante en lo militar, con un cierto despecho hacia Roma y más
deseoso de guerra que su propia patria, que no quería arriesgar lo que tanto
le había costado conseguir, o que sus enemigos, que veían poca ganancia en una
nueva conflagración.
Aníbal, sin embargo, forzó el conflicto: los miedos de ambas partes impidieron
la negociación y así romanos y cartagineses se vieron enzarzados en una nueva
guerra (la llamada Segunda Púnica o Anibálica), que fue larga y
especialmente cruenta.
Aníbal resultó un enemigo formidable y de movimientos inesperados.
Comenzó llevando sobre los Alpes un ejército de 25.000 hombres
con el que invadió Italia y venció en inferioridad numérica a cuantas tropas
Roma puso frente a él.
Durante 15 años conservó la fidelidad de sus soldados
-una mezcla de hispanos, africanos y mercenarios de diversa procedencia-
a pesar de operar en territorio enemigo y de que el dominio marítimo de
Roma impedía la recepción de refuerzos, pagas y avituallamientos.
Frente al general púnico, hubo comandantes de notable personalidad y genio,
pero claramente inferiores a él: Fabio Cunctator (“el contemporizador”) practicó
una estrategia de acoso y desgaste que dificultaba la movilidad del contrario;
Marcelo , en cambio, dirigió con agresividad el asedio de Siracusa y acabó
recuperando el control romano de Sicilia; y, finalmente, el joven y atrevido
Escipión Africano , que se apoderó de Hispania, aprendió las tácticas del enemigo
e invadió África, lo que obligó a Cartago a reclamar la vuelta de Aníbal y,
en última instancia, la conclusión de la guerra.
Las razones de la victoria romana, sin embargo, residen más bien en la experiencia
militar, política y diplomática del Senado, que mantuvo el espíritu de resistencia
y supo hábilmente implementar esa política; también en la dedicación heroica
y sacrificada de la aristocracia romana, que le ganaron universal respeto y
consolidó su posición social y política en la República; y no menos importante,
Aníbal fracasó parcialmente en su plan de separar a Roma de sus aliados:
las gentes del Lacio, los samnitas y etruscos, permanecieron leales y sólo en
el sur, los cartagineses obtuvieron la colaboración de algunas ciudades
campanas y griegas; la guerra, pues, puso a prueba la solidez y la cohesión
de Italia y el resultado fue muy favorable para Roma.
La guerra también reafirmó la política externa romana: se respetó la independencia
de Cartago, no se ocupó el norte de África e incluso, en la península Ibérica,
la presencia romana al principio fue tan vacilante que se tardó varios años en
enviar gobernadores a ella y, cuando se hizo, fue sobre todo para evitar que
otros sacasen provecho de ese territorio.
SITUACIÓN SOCIAL EN EL ÚLTIMO SIGLO DE LA REPÚBLICA
A finales del siglo II a.C., Roma se enfrentaba con una gran
crisis social y política.
Había terminado la época de la gran expansión, pero sus
beneficios seguían llegando en forma de plata hispana y del tributo
y botín de Oriente.
En el 133 a.C., un tribuno con aspiraciones reformistas,
Tiberio Graco , consiguió aprobar una ley que limitaba la tierra pública
que podía arrendar un individuo, de modo que se pudiera repartir el sobrante
entre las clases más desposeídas.
Aunque la medida tiene un indudable tono populista,
Graco era miembro de la clase dirigente y su programa tenía una clara
intención conservadora: devolver al campo a los pequeños agricultores,
restaurando a sus antiguos límites el proletariado urbano.
Cuando la reforma propuesta amenazó los intereses personales
de los senadores, Tiberio recurrió a todos los poderes de su cargo,
algo reconocido teóricamente en la Constitución pero que raramente se
había empleado antes.
La reacción de los oligarcas fue muy dura ante lo que creían
un comportamiento revolucionario y, en última instancia, condujo al asesinato
del tribuno.
A pesar de ello, la reforma agraria de Graco nunca fue abolida,
quizá porque se consideraba una medida beneficiosa para todos.
Diez años después, otro hermano de Tiberio, Cayo , puso en marcha otro
programa de reforma dirigido al mismo objetivo y cuyos puntos básicos
eran la reactivación de la ley agraria y la garantía estatal sobre el precio
del grano, de tal modo que las carestías no beneficiasen a los especuladores.
Para conseguir apoyos frente al Senado, Cayo jugó con la
ambición de los equites, que eran comerciantes y ricos propietarios no
pertenecientes a los círculos senatoriales.
Les facilitó la recaudación de los impuestos provinciales y
formó con ellos los tribunales encargados de juzgar a los gobernadores provinciales
corruptos.
Por último, pidió que se concediera de forma universal la ciudadanía
romana a los latinos y a los demás aliados que tuvieran el estatuto de latinos,
lo que hubiera aumentado considerablemente el cuerpo electoral y hecho
perder influencia a los oligarcas.
La aristocracia senatorial no estaba preparada para tan drásticas
reformas y Cayo se fue quedando sin partidarios hasta que al final fue asesinado
en un motín.
Los años siguientes a la muerte de los Gracos fueron aparentemente tranquilos:
una serie de reformas agrarias intentaron, con moderación, dar
gusto a todos, mientras que la pacífica situación externa permitió el enriquecimiento
de los caballeros, que obtuvieron notables beneficios del Oriente.
También la agitación popular del tiempo de los Gracos parecía
haber desaparecido.
Pero la tranquilidad era sólo aparente, porque la serie de
acusaciones criminales contra algunos miembros de la oligarquía revela las intensas
disputas internas existentes entre ellos.
Además, en el Norte de África, Yugurta plantó cara con éxito
a las legiones (111-105 a.C.) y amenazó los intereses de los negociantes italianos.
Tanto los caballeros como el pueblo acusaron al Senado de
incapacidad en la conducción de la guerra cuando no de connivencia con Yugurta.
Entonces surgió la figura de Cayo Mario , un militar experimentado,
de origen itálico y no perteneciente al círculo senatorial, que parecía
representar todo lo defendido por los Gracos.
Mario alcanzó el consulado, concluyó la campaña contra
Yugurta y derrotó a las tribus de Cimbrios y Teutones que amenazaban
Italia por el Norte.
El éxito de Mario se debió en gran parte a la abolición práctica del viejo sistema
de recluta, que permitió que un flujo de voluntarios procedentes de las
capas más pobres o de las ciudades de Italia encontrase en el ejército
un modo de vida.
Además, concluidas las campañas, los aliados políticos
de Mario consiguieron que los veteranos licenciados fueran recompensados
con tierras públicas; en el futuro, este precedente fue invocado cada vez que
un general despedía a sus tropas.
Sin embargo, Mario no era un revolucionario aunque su “partido” -formado por
caballeros, líderes populares y las clases dirigentes itálicas- pretendía
contrarrestar el monopolio de la oligarquía senatorial.
Pero, al igual que había sucedido con los Gracos, ésta acabó
imponiéndose y en los años 90 a.C., Mario fue apartado de la vida pública porque
los escándalos provocados en torno a algunos de su partidarios más radicales
afectaron seriamente su popularidad.
GUERRA SOCIAL.
A finales de los años 90 a.C. hubo un nuevo brote de tensión que comenzó
cuando los itálicos empezaron a pedir la ciudadanía romana:
los soldados querían obtener los mismos beneficios de
licencia que disfrutaban sus camaradas romanos; los mercaderes y comerciantes
pretendían las mismas oportunidades que los caballeros romanos, y la aristocracia
de las ciudades italianas buscaba la promoción social y política asociada con
la ciudadanía.
En el 91 a.C. fue asesinado el tribuno de la plebe Marco Druso,
que pretendía precisamente la extensión de la ciudadanía
romana a todos los aliados.
Éstos perdieron la paciencia y comenzó la llamada Guerra Social
(90-88 a.C.), un devastador conflicto que degeneró luego
en una década de revueltas civiles, a pesar de la generosidad de
Roma hacia los vencidos.
En el 88 a.C. se concedió finalmente la ciudadanía a los itálicos,
pero los romanos que habían perdido familiares en la guerra no aceptaron
fácilmente esas medidas; tampoco los itálicos, que no tardaron en sufrir
sucesivas tretas para difuminar al máximo su potencial electoral.
Cuando todas estas disensiones se hicieron de nuevo violentas,
el recurso a la fuerza armada pareció la única solución y quien mejor lo
entendió así fue Lucio Sila, un aristócrata que había conseguido éxitos
y fama en la guerra social.
LA GUERRA CIVIL : MARIO Y SILA.
En el 88 a.C., siendo cónsul, sentó precedente al emplear sus legionarios
para acabar con una revuelta popular; luego marchó a enfrentarse contra
Mitrídates del Ponto y, mientras estuvo fuera, la tensión y los disturbios
siguieron alterando la normal vida política de la ciudad.
Por eso, el regreso de Sila en el 83 a.C. produjo una
calamitosa guerra civil que arrasó de nuevo el país.
La victoria cayó del lado de Sila, que selló su triunfo
con la masacre de sus enemigos, la confiscación de sus propiedades y
la pérdida de derechos para sus descendientes (81 a.C.).
LA DICTADURA DE SILA.
Lo más destacable, pues, de la década de los años 80 a.C. es la misma
supervivencia de la república en medio de tantos trastornos.
Sila decretó la dictadura, suspendió los derechos
individuales y manipuló autoritariamente elecciones y magistrados;
pero también tenía considerable talento para resucitar viejas instituciones.
Hizo gran número de reformas, que produjeron
importantes cambios sociales:
-Amplió el Senado a 600 senadores, el doble de los que había antes.
Los nuevos miembros reclutados los extrajo de los equites y la clase
dirigente itálica, lo que confirmaba los derechos civiles de los antiguos aliados,
de modo que no pudiera haber futuras disensiones.
-Reformó el ejército para convertirlo en un factor de orden, no de caos,
y concedió tierras a los veteranos de las guerras pasadas.
-Las magistraturas también fueron reestructuradas y se reformaron sus
vías de acceso, de modo que se llegase a ellas a determinadas edades a
fin de garantizar suficiente experiencia y probada lealtad.
-Finalmente, también se modificó el sistema judicial, otorgando al Senado
-del que ahora formaban parte muchos caballeros con
experiencia jurídica- su control.
Astutamente, los planes de Sila pretendían incluir en la clase dirigente
a quienes en años pasados habían sido sus máximos detractores.
Realizadas las reformas y convencido de su viabilidad,
Sila dimitió de todos sus cargos y se retiró en el 78 a.C., muriendo
pacíficamente en su retiro y dando de nuevo muestra de la más poderosa
fuerza de Roma: la habilidad para adaptarse a las nuevas circunstancias.
LA ÚLTIMA GENERACIÓN DE LA REPÚBLICA.
Ahora sabemos que quienes experimentaron la reforma silana formaron
la última generación de la República y esto puede inducirnos a pensar
en un proceso de decadencia inevitable.
Nada más lejos de la percepción de los contemporáneos, que vieron
cómo, precisamente en esos años, el Imperio volvía a expandirse de nuevo
por agencia de una serie de generales que rivalizaban en méritos con los grandes
héroes de la historia romana:
-Pompeyo adquirió fama durante sus años juveniles sirviendo a las órdenes de Sila.
Luego, en las décadas de los años 70 y 60 a.C., condujo
con éxito varias campañas en España, limpió el Mediterráneo de piratas,
aplastó la rebelión de Mitrídades, rey del Ponto, y acabó ganándose una
reputación militar sin competidor entre sus contemporáneos.
-Lúculo llevó sus tropas hasta Armenia, un lugar en el que ningún soldado
romano había pisado antes.
-Craso, un astuto especulador que había prosperado en los años de Sila,
añadió a su riqueza los laureles militares, primero aplastando en el sur
de Italia una violenta sublevación de esclavos y luego conduciendo
un ejército romano más allá de los desiertos mesopotámicos, con desastrosos efectos.
-Y por supuesto, la más famosa campaña militar de la época, las guerras gálicas
de Julio César, quien durante nueve años de brillante guerrear (58-50 a.C.)
expandió el imperio hasta las orillas de Rin y el Atlántico.
Es difícil que, ante tan brillantes desarrollos, los contemporáneos
pensasen que su mundo estaba en declive.
Los problemas, sin embargo, continuaban: las medidas constitucionales
de Sila eran una juiciosa mezcla de lo viejo y lo nuevo, pero estaba por
ver cómo respondían ante las crisis cotidianas. Las víctimas de Sila,
por ejemplo, no estaban de acuerdo con ellas y además reclamaban las
posesiones y derechos arrebatados.
Este descontento fue aprovechado por un cónsul ambicioso, Lépido,
para sublevar algunas regiones de Italia, y en Hispania el banderín
de enganche de Sertorio proclamaba también la ilegitimidad del gobierno
establecido por Sila.
Como en otras ocasiones, la oligarquía olvidó sus diferencias
y cerró filas contra los sublevados, encargándose Pompeyo de terminar con
la revuelta de Lépido y luego, tras una larga lucha, con la de Sertorio.
Por esos años también se produjo en el sur de Italia la
famosa sublevación de esclavos de Espartaco , que alcanzó gran extensión y
terminó cuando Craso crucificó a todos los rebeldes capturados.
La respuesta del gobierno a estos desafíos fue la conciliación:
se abolieron las restricciones impuestas por Sila a los
tribunos plebeyos, se volvieron a admitir jueces ecuestres, se amnistió
a los partidarios de Lépido y Sertorio, se repartieron tierras a los veteranos
y trigo gratis a la plebe romana.
Sin embargo, unos pocos años después (63 a.C.), un noble con aspiraciones
políticas frustradas, Lucio Catilina, organizó la famosa conspiración
denunciada por Cicerón : los partidarios de Catilina eran una curiosa
y no bien definida mezcla de nobles disconformes y dispuestos a arriesgarlo
todo en un golpe de estado, granjeros expulsados de sus tierras por sucesivos
repartos, veteranos descontentos con sus nuevos oficios campesinos,
algunos elementos urbanos y los deudores oprimidos por leyes abusivas.
EL PRIMER TRIUNVIRATO: POMPEYO, CESAR Y CRASO.
En verdad, si Pompeyo hubiera querido poderes autoritarios, no necesitaba
de la ayuda de Craso y César.
En el 62 a.C., a la vuelta de la guerra mitridática,
Pompeyo podía haberse hecho fácilmente con el poder absoluto, pero optó
por licenciar su ejército y continuar su carrera como un senador más.
César , por su parte, fue ganando poder y prestigio por
medios regulares, es decir, presentándose candidato en las elecciones oportunas.
Y en el caso de Craso , sus riquezas difícilmente hacían de
él un revolucionario; por el contrario, murió en el campo de batalla
cuando trataba de conseguir -una costumbre muy romana- el prestigio militar
necesario para alcanzar la auctoritas ansiada por todos los romanos.
Por otro lado, que los tres se aliasen para beneficio mutuo tiene poco de
novedoso considerando la larga tradición de facciones rivales
características de la vida política romana.
Los triunviros se salieron con la suya durante el consulado
de César en el 59 a.C. y, de nuevo en el 55 a.C., cuando lo fueron
conjuntamente Pompeyo y Craso.
Pero la idea del monopolio político choca contra la existencia
de otras facciones -entre ellas las de Lúculo y Catón el Joven-
que se opusieron a los triunviros con éxito, evitando que se aprobasen
algunas de sus propuestas legales o que salieran elegidos algunos de sus
candidatos, incluso consiguieron llevar a los tribunales a varios secuaces
de los triunviros.
El destino de la república nunca estuvo sellado y, con la adaptabilidad
característica de los romanos, el gobierno procuró mitigar las causas del
perceptible descontento, mejorando la condición de los más desfavorecidos
y distribuyendo nuevas tierras a veteranos y plebeyos, pero evitando los métodos
confiscativos del pasado.
Aunque los historiadores no gusten admitirlo, el azar y los
errores también tienen su responsabilidad en el desarrollo de los acontecimientos,
como parece haber sucedido en el caso de la crisis desencadenada por la pelea entre
Pompeyo y César.
La intransigencia del primero y el orgullo del segundo impidieron la reconciliación
y sus amigos y partidarios, por diversos y personales intereses, acabaron
distanciándolos aún más.
Para desgracia de Roma, César era entonces procónsul de la Galia
y disponía de tropas experimentadas y leales; con ellas cruzó el Rubicón en el
49 a.C. y desencadenó la guerra civil.
LA GUERRA CIVIL : CESAR Y POMPEYO.
La República ya había pasado por un trance similar con Sila y
había sobrevivido.
Ahora, sin embargo, no hubo segunda oportunidad,
quizá debido a que los nuevos líderes contaban con un apoyo más amplio,
diversificado y personal que antes, cuya participación requirieron.
En consecuencia, la discordia civil en Roma acabó siendo
una guerra de ámbito mediterráneo (49-45 a.C.) que devastó Italia,
las provincias e incluso estados extranjeros, como sucedió en
el Egipto de Cleopatra.
En el 48 a.C., Pompeyo murió asesinado, pero sus lugartenientes y
partidarios siguieron luchando con obstinación.
El espectacular suicidio de Catón el Joven, en el 46 a.C.,
animó aun más la resistencia de los anti-cesarianos, que sólo se rindieron
tras una cruel y casi indecisa batalla peleada en Munda (Hispania).
Al final, el costo de la victoria había sido excesivo,
tanto en vidas humanas como en confianza en el sistema:
el antiguo orden estaba perdido.
LA DICTADURA DE CESAR.
César quedó al frente de Roma como dictador.
Sus propósitos finales son difíciles de determinar con certeza,
aunque parece improbable que tratase de imponer una monarquía de estilo oriental.
La tarea de reconstrucción le obligó a tomar medidas en el
campo económico, social y político: restablecimiento del Senado, cuyos miembros
habían sido prácticamente masacrados en la guerra civil; leyes sobre las deudas,
los repartos de tierra y el abastecimiento y distribución del trigo; también
se retocó el sistema de administración territorial; el único plan que no pudo
llevar a cabo fue la guerra contra Partia.
Aun con sus poderes extraordinarios, César nunca estuvo a salvo de las críticas.
Sus oponentes eran tanto enemigos de antaño que habían
sido perdonados como antiguos partidarios que encontraban insoportable
la posición constitucional del dictador.
Una conjura planeada por Marco Bruto y Cayo Casio
consiguió triunfar y, en los idus de marzo del 44 a.C., César fue asesinado.
EL SEGUNDO TRIUNVIRATO : MARCO ANTONIO, OCTAVIO Y LÉPIDO.
El magnicidio inauguró un nuevo ciclo de violencia que duró algo
más de una década.
Bruto y Casio se proclamaron a sí mismos “liberadores”
y anunciaron la restauración de la República, un eslogan que tuvo mucho éxito,
especialmente entre las clases medias y altas de Italia.
Sin embargo, los veteranos de César se movían por principios
más materiales, y el control de esas legiones y de las clientelas provinciales
fue la clave del éxito para quienes se consideraban los herederos y vengadores
del dictador:
su lugarteniente, Marco Antonio , y su sobrino nieto,
Octavio .
Este último tenía, por aquel entonces, 19 años y era llamado
despectivamente por Cicerón “el chaval “; sin embargo, la preeminencia
de éste quedó determinada al abrirse el testamento de César y saberse
que le había nombrado su heredero universal, lo que fue suficiente para
ganarse la lealtad de las legiones.
Cicerón mientras tanto, intentaba salvar la República
con una serie de brillantes y ácidos discursos contra Marco Antonio,
que resultaron inútiles.
En el 43 a.C., Marco Antonio, Octavio y Lépido constituyeron
el segundo triunvirato.
Los triunviros, a los que Roma había concedido el poder
absoluto durante cinco años para organizar el gobierno, acordaron que
Lépido se quedase en Roma, mientras Marco Antonio y Octavio planearon
el asesinato de Cicerón y la muerte y confiscación de los bienes
de los asesinos de César y de sus partidarios, que fueron derrotados
en la batalla de Filipos (42 a.C.).
Los vencedores se repartieron las provincias, tomando
Octavio el Occidente, Antonio el Oriente y Lépido el África,
pero a este último se le obligó a dimitir del cargo en el 36 a.C.
LA GUERRA CIVIL : MARCO ANTONIO Y OCTAVIO.
En los años siguientes, las relaciones de Octavio y Marco Antonio se
deterioraron progresivamente, aunque hubo períodos de tregua marcados
con enlaces matrimoniales.
Marco Antonio basaba su fuerza en el Este, especialmente
en Cleopatra VII y en las riquezas de Egipto; Octavio, por su parte,
contaba con las provincias occidentales y, mediante una hábil propaganda,
consiguió desacreditar a su oponente hasta el punto de que la guerra entre
ellos no pareció civil sino la respuesta al ataque de una potencia extranjera.
La campaña terminó con la victoria naval de Octavio frente
a las costas de Actium (31 a.C.).
La batalla, aunque a nivel militar no fue especialmente importante,
cambió el destino de muchos: Antonio y Cleopatra tuvieron un trágico fin,
mientras Octavio pasó a ser el dueño único de Roma.

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